
La reciente decisión de la Provincia de Córdoba de impulsar una carrera universitaria destinada a formar civiles para incorporarse a la Fuerza Policial Antinarcotráfico abrió un debate que excede ampliamente los límites de esa provincia y alcanza a toda la Argentina.

La iniciativa fue presentada como la primera experiencia del país en la que una universidad asume la formación de aspirantes a una fuerza de seguridad especializada. La propuesta se desarrollará en el ámbito de la Universidad Provincial de Córdoba y apunta a otorgar una Licenciatura en Seguridad Pública y Abordaje del Narcotráfico a quienes luego podrán incorporarse a la fuerza creada en 2015 y dependiente del Ministerio Público Fiscal cordobés. (Ver nota: «Primera universidad del país en formar civiles para las fuerzas de seguridad»).
Se trata, sin dudas, de una experiencia innovadora y de un avance que merece ser valorado. Durante décadas, la formación policial argentina estuvo excesivamente encerrada sobre sí misma, con escasa interacción con el mundo académico y pocas oportunidades para incorporar conocimientos provenientes de otras disciplinas.
La apertura de la universidad al campo de la seguridad pública puede contribuir a mejorar la calidad profesional de los futuros integrantes de las fuerzas. Una policía democrática necesita funcionarios que conozcan el derecho, comprendan la realidad social, manejen herramientas de investigación, sepan interpretar estadísticas criminales y posean una sólida formación ética y humanística.
En ese terreno, la universidad tiene mucho para aportar.
Formación académica no es lo mismo que formación policial
Sin embargo, el entusiasmo por esta iniciativa no debería impedirnos formular una pregunta esencial: ¿puede una universidad formar integralmente a un policía?
La respuesta, a nuestro juicio, es negativa. Y no porque la universidad sea insuficiente, sino porque la función policial es mucho más compleja que la mera formación académica.
Existe una diferencia sustancial entre formación, instrucción y adiestramiento, conceptos que suelen confundirse en el debate público y cuya delimitación resulta imprescindible para evitar falsas expectativas.
La formación académica procura desarrollar conocimientos y pensamiento crítico. Es el ámbito natural de la universidad. Allí se aprende a comprender la seguridad como política pública, a interpretar el derecho, a investigar y a reflexionar sobre los límites del poder estatal.
La universidad enseña a pensar.
Y eso es fundamental.
Una sociedad democrática necesita policías capaces de comprender el contexto en el que actúan, de interpretar la ley y de reflexionar sobre las consecuencias de sus decisiones.
La instrucción: aprender a hacer
Pero la instrucción es otra cosa. Consiste en enseñar procedimientos concretos y habilidades técnicas indispensables para el ejercicio de la función.
Cómo preservar una escena del crimen, cómo confeccionar correctamente un acta, cómo intervenir ante un episodio de violencia familiar, cómo realizar una requisa, cómo operar sistemas de comunicación o cómo conducir una investigación son conocimientos que requieren práctica, supervisión y evaluación permanente.
Aquí ya no alcanza con comprender.
Hay que saber hacer.
La instrucción puede nutrirse del aporte universitario, pero difícilmente pueda desvincularse de la experiencia acumulada por las propias instituciones policiales.
El adiestramiento: actuar cuando todo ocurre al mismo tiempo
Existe una tercera dimensión todavía más específica: el adiestramiento.
Se trata de la capacidad para actuar correctamente bajo presión, con cansancio, miedo, estrés y riesgo físico.
Un policía puede conocer perfectamente la legislación sobre el uso de la fuerza, pero eso no garantiza que pueda tomar la decisión adecuada cuando tiene apenas unos segundos para reaccionar.
No es lo mismo estudiar una técnica de reducción que aplicarla en medio de una pelea.
No es lo mismo saber cómo actuar ante un tirador activo que hacerlo cuando hay víctimas, gritos, confusión y peligro real.
El adiestramiento busca desarrollar reflejos profesionales y hábitos de actuación. Se aprende entrenando, repitiendo ejercicios, realizando simulaciones y porque no equivocándose en un entorno controlado para no equivocarse cuando la situación sea real.
Eso no se adquiere solamente en un aula.
La cultura profesional también se enseña
Hay otro aspecto que suele pasar inadvertido. El adiestramiento no solo transmite técnicas; también transmite valores y cultura profesional.
Se enseña cuándo usar la fuerza, pero sobre todo cuándo no hacerlo, a obedecer, pero también a reconocer cuándo una orden es ilegítima, autoridad, pero no autoritarismo, disciplina, pero no sumisión. Por eso, la formación policial nunca es un proceso neutral.
Cada institución transmite una determinada concepción del poder, de la autoridad y de la relación con la ciudadanía y esa cultura profesional no puede quedar librada exclusivamente a la academia ni exclusivamente a la corporación policial.
Ni academias cerradas ni universidades aisladas
Las academias policiales tradicionales tienen experiencia en la instrucción y el adiestramiento, pero muchas veces han tendido a reproducir prácticas corporativas y a resistir las miradas externas.
Las universidades, por su parte, aportan pluralidad, investigación y pensamiento crítico, pero no necesariamente están preparadas para asumir integralmente la formación de funcionarios que ejercerán una de las facultades más delicadas del Estado: el uso legítimo de la coerción.
El problema no se resuelve reemplazando una institución por otra.
La universidad debe enseñar a pensar.
La policía debe enseñar a actuar.
Y el Estado democrático debe definir para quién y bajo qué límites se ejerce la autoridad.
El desafío del siglo XXI
El policía no es solamente un profesional ni un simple ejecutor de órdenes. Es un ciudadano investido de una potestad excepcional: ejercer coerción legítima en nombre del Estado.
Precisamente por ello, necesita más conocimientos, más prudencia y más controles que cualquier otro funcionario público.
Celebrar la apertura de la universidad al mundo de la seguridad es correcto y necesario.
Pero creer que eso, por sí solo, resolverá los problemas históricos de la formación policial sería un error.
El desafío no consiste en universitizar la policía, el verdadero desafío es formar mejores policías para una mejor democracia.
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«Quien quiera oír que oiga»
(*) Periodista. Licenciado en Seguridad Pública y Ciudadana (Universidad Nacional de Chaco Austral -. UNCAUs). Autor de los libros Doctrina de la Sospecha Permanente (DSP), «La Teoría del Foco y la Vara» (FyV), «El Principio de Reciprocidad Institucional» (PRI) y «Gobernar mediante la sospecha».
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