
La designación del teniente general Carlos Alberto Presti como ministro de Defensa no es un rayo en cielo sereno. Es la pieza visible de una estrategia que mezcla alineamiento con Estados Unidos, manejo de la crisis de IOSFA y construcción de un “general propio” para la política.
Por Alberto Rubén Martínez (*)
Del Estado Mayor al Ministerio: un cambio de época
Javier Milei confirmó que el actual jefe del Ejército, Carlos Alberto Presti, reemplazará a Luis Petri al frente del Ministerio de Defensa. Por primera vez desde 1983, la cartera quedará en manos de un militar en actividad, rompiendo la regla no escrita de conducción civil de la defensa.
El Gobierno lo vende como “continuidad del rumbo” y el propio Presti agradeció en redes la confianza presidencial, con un mensaje claro: “Las Fuerzas Armadas tienen y deben estar a la altura del nuevo rol protagónico que la Argentina tendrá en el mundo de la mano del presidente Milei”.
Mientras tanto, dirigentes del peronismo y organismos de derechos humanos hablan de “retroceso enorme” y cuestionan que se abandone el consenso de la posdictadura sobre conducción civil y políticas de memoria.
Presti, la foto en Washington y la campaña de imagen
Pero hay un ángulo que pasa casi desapercibido en el ruido local y que ayuda a entender por qué Presti, y por qué ahora.
En las últimas semanas, el jefe del Ejército mantuvo reuniones con el general Randy George, jefe del Estado Mayor del US Army, y con el jefe del Ejército Sur de EE.UU., general de brigada Philip Ryan. No son cortesías protocolares aisladas: se inscriben en una estrategia de alineamiento total con Washington, en la que Presti aparece como enlace militar de primer nivel.
Según reveló el analista Eric Torrado en Defensur, fuentes del propio Ministerio de Defensa reconocen que el Gobierno viene trabajando una “implantación en redes” de la figura del teniente general: se ordenó a cuentas militantes libertarias difundir su imagen, sus actividades y sus mensajes. No es solo reconocimiento profesional; es campaña política blanda.
El razonamiento oficial, contado en off, es simple: Presti es hoy uno de los altos mandos con mayor “llegada” al Ejecutivo y goza del beneplácito político tanto en Buenos Aires como en Washington. Ese perfil lo convierte en pieza clave para llevar al Ejército a un tándem estratégico con EE.UU., similar al que ya construyó la Fuerza Aérea con la compra de F-16 y otros acuerdos.
Marcando el eje verdadero (alineamiento con EE.UU.)
Empezar la discusión por la vida privada o la historia familiar de Carlos Presti es, en el fondo, una forma elegante de esquivar el tema central: la designación de un jefe del Ejército como ministro de Defensa en el marco de una estrategia de alineamiento —y, en más de un punto, de sumisión política— a los Estados Unidos. Mientras se debate si el apellido gusta o no gusta, queda en segundo plano lo realmente grave: que el nuevo ministro es, al mismo tiempo, el principal enlace militar con Washington, la cara visible de los acuerdos estratégicos y la apuesta del gobierno para consolidar un tándem militar con la potencia hegemónica. No se trata solo de quién es Presti, sino de qué proyecto de Defensa y de soberanía se está consolidando detrás de su figura.
Culpa hereditaria
Dicho esto, hay una línea que no se debe cruzar: Carlos Presti no tiene por qué cargar con supuestas culpas de su padre, que murió sin condena y ya no puede defenderse. En democracia no existe la “pena de sangre”: la responsabilidad penal y moral es siempre personal, no se hereda por consanguinidad ni por biografía familiar. Discutir su rol como ministro, su alineamiento internacional, su visión de la defensa y su posición frente al terrorismo de Estado es absolutamente legítimo; pretender inhabilitarlo solo por el árbol genealógico, no. La batalla política es contra las decisiones del presente y los proyectos que representan, no contra los hijos de un pasado que, para bien o para mal, ya no puede volver atrás.
IOSFA, familia militar y la tentación del “general candidato”
La jugada tiene además un componente de ingeniería electoral. La misma fuente citada por Torrado plantea dos escenarios que se barajaban antes del anuncio:
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Un Presti como futuro jefe del Estado Mayor Conjunto.
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Un Presti con proyección política, ya sea como ministro de Defensa o como candidato, para “recuperar” el voto de la familia militar.
La opción que avanzó fue la segunda: Presti ministro hoy, con la puerta abierta a un “Presti candidato” mañana.
¿Por qué? Porque el Gobierno sabe que el voto militar y de retirados está golpeado por la crisis de IOSFA, la obra social de las Fuerzas, y que muchos oficiales y veteranos vienen criticando abiertamente la política de defensa y alineamiento internacional del mileísmo. En distritos clave, como provincia de Buenos Aires, se estima que entre el 70 y el 80% de los efectivos del Ejército no votó a La Libertad Avanza en las últimas elecciones.
La hipótesis libertaria es que, si se trabaja a tiempo la imagen de Presti, se lo muestra como el hombre que “sanea” IOSFA y ordena la defensa, puede convertirse en una carta fuerte para disputar ese voto interno frente a otros generales y almirantes retirados que ya juegan en política con posiciones críticas al Gobierno.
La contracara también está planteada en ese análisis: si Presti no logra navegar con éxito las aguas turbulentas de IOSFA, puede terminar quemado como ministro y como candidato, arrastrado por el malestar de la propia tropa.
Entre la doctrina democrática y el uso partidario de las Fuerzas
Más allá de simpatías o antipatías, hay dos planos que conviene no mezclar:
En lo personal, los hijos no son responsables de los delitos ni de las biografías de sus padres. La discusión no puede reducirse a la consanguinidad ni a la “culpa hereditaria”.
En lo político e institucional, sí es legítimo preguntar:
- ¿Qué significa que, por primera vez en 40 años, el ministro de Defensa sea el propio jefe del Ejército?
- ¿Qué implica que ese general sea, a la vez, enlace privilegiado con EE.UU. y posible carta electoral de un gobierno?
- ¿Hasta dónde se puede estirar la idea de “reivindicar” a las Fuerzas Armadas sin volver a debilitarlas al meterlas de lleno en la disputa partidaria?
Si el plan es tener un Ejército más interoperable con Estados Unidos, mejor equipado y con mayor presencia en el Atlántico Sur, la condición mínima democrática es clara: conducción civil fuerte, límites precisos entre defensa y seguridad interior, y compromiso explícito con la memoria, la verdad y la justicia como piso, no como “relato a revisar”.
Lo que falta discutir
En lugar de quedarnos en el apellido de Presti, vale aprovechar este momento para instalar algunas preguntas incómodas pero necesarias:
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¿Cuál es la doctrina de Defensa Nacional que va a conducir el nuevo ministro?
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¿Cómo se garantiza que el alineamiento militar con EE.UU. no se traduzca en pérdida de autonomía política y estratégica?
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¿Qué plan concreto hay para IOSFA, más allá de los discursos, para que la salud de la familia militar no sea siempre la variable de ajuste?
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Y, sobre todo, ¿cómo se evita que la figura de un general respetado termine convertida en herramienta electoral, repitiendo viejos vicios de mezclar uniforme, partido y aparato?
Porque, si algo nos enseñó la historia argentina, es que las Fuerzas Armadas se fortalecen cuando son profesionales, respetadas y bajo control civil, no cuando se las usa como ficha en la mesa de la coyuntura política. Presti, hoy, está parado exactamente en ese cruce. El tiempo dirá de qué lado decide jugar.
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