
Hace siete años desaparecía Arshak Karanian, policía de la Ciudad de Buenos Aires. Desde entonces, la pregunta permanece intacta y sin respuesta oficial convincente: ¿dónde está Arshak?
Por Rubén Pombo (*)
Su caso no es un expediente más. Es una herida abierta. Y también un espejo incómodo para quienes, desde la política, dicen defender a las fuerzas de seguridad pero guardaron silencio cuando un efectivo desapareció en circunstancias que involucran a su propia institución.
Una desaparición bajo sospecha institucional
Karanian fue visto por última vez en 2019. Desde el inicio, la causa estuvo rodeada de irregularidades que aún hoy generan indignación.

Según trascendió en distintas instancias judiciales y periodísticas:
- Se habrían borrado datos de sus teléfonos.
- Se extrajo información de su computadora que nunca volvió al expediente.
- Se reconoció la existencia de una investigación paralela cuya información no fue aportada a la Justicia.
El cuadro describe una trama opaca, con pérdida de pruebas, demoras y decisiones que lejos de esclarecer, oscurecieron.
No se trata de teorías. Se trata de constancias y testimonios que exigen explicaciones.
Silencios políticos que pesan
Durante aquel período, el Ministerio de Seguridad porteño estaba a cargo de Diego Santilli. A nivel nacional, Patricia Bullrich ocupaba la cartera de Seguridad.
Ninguno logró —o quiso— dar respuestas contundentes. Tampoco hubo un acompañamiento político sostenido para esclarecer el caso de un policía desaparecido.
La paradoja se profundiza cuando se observa que el juez interviniente, señalado por irregularidades y pérdida de pruebas, terminó años después representando al Estado nacional en funciones vinculadas a derechos humanos.
En un país donde la palabra “desaparecido” tiene un peso histórico dramático, el caso de Arshak Karanian no puede relativizarse.
Una madre que no deja de buscar
Mientras expedientes van y vienen, mientras cambian funcionarios y se reciclan discursos, hay algo que permanece: una madre que sigue buscando a su hijo.
Siete años después, la ausencia no se naturaliza. El reclamo no prescribe. El abrazo a esa familia no se negocia.
¿Quién responde por un policía desaparecido?
La defensa de los derechos humanos no puede ser selectiva. Tampoco puede depender de conveniencias partidarias.
Cuando desaparece un trabajador policial y la causa queda envuelta en sospechas, el problema no es solo judicial: es institucional.
La pregunta sigue vigente y duele:
¿Dónde está Arshak?
Frecuencia Azul mantiene viva esa pregunta. Porque la memoria también es una forma de justicia.
(*) Periodista.
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