De guardianes a chivos expiatorios: la trampa mortal tendida a las Fuerzas Armadas

Mientras el poder político degrada a las Fuerzas Armadas arrastrándolas a tareas policiales, los mismos sectores que las llaman en la emergencia serán quienes mañana las condenen al olvido. Defenderlas hoy es defender la soberanía argentina.

Por Alberto Martínez (*)

Un paso que compromete a toda la Nación

La decisión reciente del Gobierno de habilitar a las Fuerzas Armadas a detener civiles en la frontera norte no solo es cuestionable en términos legales, como ya advertimos, sino que pone en evidencia un proceso de degradación planificado de nuestro instrumento militar nacional.

En lugar de reconstruir una capacidad real de Defensa, se los arrastra a tareas para las que no están formados, sin respaldo jurídico claro, exponiéndolos a conflictos internos que pueden derivar en su estigmatización y destrucción definitiva.

¡No es un error inocente: es una estrategia!

La falacia legal

El ministro de Defensa, Luis Petri, intenta justificar la medida amparándose en la «flagrancia» prevista en los códigos procesales penales, sugiriendo que, como cualquier ciudadano, los miembros de las Fuerzas Armadas podrían detener civiles sorprendidos cometiendo delitos. Sin embargo, este argumento es jurídicamente endeble y peligrosamente equívoco: las Fuerzas Armadas no actúan como ciudadanos individuales sino como cuerpos organizados del Estado, y su marco de actuación está regulado expresamente por la Ley de Defensa Nacional y la Ley de Seguridad Interior, que les prohíben realizar tareas de seguridad interna salvo en circunstancias excepcionales y con control parlamentario. Invocar la flagrancia para militarizar operativamente la frontera, sin declarar estado de sitio ni reformar las leyes vigentes, significa forzar la interpretación legal hasta el límite de la inconstitucionalidad, abriendo un precedente gravísimo para la erosión de la división de funciones entre defensa y seguridad.»

Ordenes «secretas»  

Otro aspecto preocupante de esta decisión es que muchas de las directivas operativas que regulan el accionar de las Fuerzas Armadas en la frontera norte se encuentran clasificadas como «secretas» o «reservadas», lo que impide a la ciudadanía, al Congreso y a los organismos de control conocer con precisión el alcance real de las misiones. Esta opacidad administrativa choca directamente contra los principios republicanos de publicidad de los actos de gobierno, y vuelve aún más frágil la legitimidad jurídica de la medida. En una democracia, no puede haber operaciones de seguridad interior basadas en órdenes secretas: el pueblo debe saber, el Congreso debe controlar, y los jueces deben poder revisar. De lo contrario, no estamos ampliando la defensa: estamos minando las bases mismas del Estado de Derecho.»

De la Defensa Nacional a la Seguridad Hemisférica: una trampa anunciada

Desde hace décadas, potencias extranjeras —principalmente Estados Unidos— impulsan la transformación de las Fuerzas Armadas latinoamericanas en fuerzas policiales regionales.

El objetivo no es la defensa de nuestros pueblos: es la defensa de sus intereses estratégicos sobre nuestros territorios, recursos y soberanía.

Argentina, que debería custodiar el Atlántico Sur, la Antártida, el litio, el agua dulce y la biodiversidad, se va quedando sin Ejército, sin Marina, sin Fuerza Aérea, y ahora, sin misión.

La experiencia regional

La experiencia regional de América Latina en la inclusión de las Fuerzas Armadas en tareas de seguridad interior ha sido, en líneas generales, desastrosa. Países como México, Colombia, Brasil y Honduras implementaron políticas que militarizaron la seguridad pública con la ilusión de combatir el narcotráfico o el crimen organizado. Sin embargo, lejos de resolver los problemas estructurales, estos procesos generaron violaciones sistemáticas a los derechos humanos, aumento de la violencia, corrupción militar, y una alarmante degradación de las propias fuerzas armadas. En muchos casos, las FFAA terminaron atrapadas entre el fuego del enemigo y la desconfianza de su propio pueblo, sin lograr vencer a la criminalidad ni preservar su prestigio institucional. América Latina ofrece una lección dolorosa: cuando se utiliza al Ejército como policía, se pierde el Ejército… y tampoco se logra seguridad.

El que no puede defenderse, tampoco puede gobernarse.

El riesgo oculto: provocar un incidente y justificar la demolición final

Empujar a las Fuerzas Armadas a tareas de seguridad interior las deja al borde de una trampa mortal:

  • Un incidente armado.

  • Una manipulación mediática.

  • Un juicio público exprés.

Y entonces, como en un guión ya conocido, pedirán su disolución, su desarme, o su sometimiento a estructuras extranjeras.

Hoy, nuestros soldados caminan al borde de un abismo que no cavaron ellos, sino los intereses que odian a las naciones soberanas.

La hipocresía de los sectores reaccionarios: un bochorno histórico

Resulta indignante —aunque no sorprendente— observar cómo los sectores más reaccionarios de la sociedad repiten el ciclo eterno de la hipocresía:

  • Cuando tienen miedo, claman por los militares.

  • Cuando se sienten seguros, los denostan.

  • Cuando hay errores, se erigen en fiscales implacables.

  • Cuando se trata de reconstruir la Defensa Nacional, mirán para otro lado o aplauden el desarme.

Usan a los soldados como se usa un paraguas: para la tormenta, pero lo tiran a la basura cuando sale el sol.

Un país que usa y descarta a sus fuerzas como si fueran descartables no merece que lo defiendan cuando llegue el peligro real.

¿Defensa de la Patria o represión interna? La hora de elegir

El verdadero debate no es jurídico, ni técnico, ni operativo.
Es filosófico.
Es moral.
Es histórico.

¿Queremos Fuerzas Armadas formadas, equipadas y respetadas para defender la Nación?
¿O queremos soldados pauperizados, usados de patrulleros fronterizos, y luego juzgados como criminales cuando estallen los conflictos?

La defensa no puede ser instrumento de la represión interna. La defensa debe ser el brazo armado de la soberanía.

No hay Nación sin Defensa, no hay Defensa sin Nación

Hoy más que nunca, necesitamos alzar la voz:

  • Para defender a quienes deben defendernos.

  • Para salvar a las Fuerzas Armadas de la trampa de la «policialización» y la demolición moral.

  • Para reconstruir una Defensa Nacional seria, moderna, y profundamente argentina.

Recordemos siempre:

«El soldado no defiende gobiernos, defiende su suelo, su bandera y su pueblo.»

No podemos permitir que nuestros guardianes sean arrojados al fuego de una guerra interna inventada, solo para luego ser condenados al olvido o al escarnio.

Defender a nuestras Fuerzas Armadas hoy es defender la Patria mañana.

¡Quien quiera oir que oiga!

(*) Periodista. Licenciado en Seguridad Pública. Especialista en seguridad y derechos laborales de los trabajadores policiales y penitenciarios.

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