El oficial demostró que con empatía y cuidado se puede rescatar a una persona desesperada.
por Camila Súnico Ainchill
En lo único que pensé fue en mi mamá”, confiesa Jonatan Ezequiel Leiva, de 35 años, al rememorar aquella madrugada en la que se trepó a una reja y evitó una tragedia. El 16 de julio, el oficial primero de la Comisaría Vecinal 9C de la Policía de la Ciudad recibió un llamado urgente mientras patrullaba junto a su compañera en Avenida Eva Perón y Bruix, cerca del Parque Avellaneda y de la Terminal Dellepiane. “Cuando llegó el llamado al 911 solo nos informaron que alguien estaba a punto de arrojarse de un puente en la autopista Perito Moreno. No sabíamos quién era ni por qué estaba ahí, pero me dije a mí mismo que no iba a dejar que esa persona se cayera, fuese quien fuese”, recordó.
Situación extrema
Al llegar al lugar, la escena era estremecedora: una mujer en el borde del puente, llorando y a punto de lanzarse al vacío.“No había margen para dudar. Subí a la reja, miré sus ojos llenos de angustia y en ese instante se me cruzó la imagen de mi madre”, cuenta. Había perdido a su mamá hacía poco más de un año, y su recuerdo lo llenó de una fuerza inesperada. “Sentí que me empujaba, como si fuera ella quien me decía que tenía que ayudarla”, dice con la voz entrecortada por la emoción y su mirada atravesada por una mezcla de tristeza y determinación. “Sabía que no podía irme de ahí sin intentar todo lo posible por salvarla”.
Desde niño, Jonatan soñaba con ser policía. “Siempre me atrajo la idea de poder ayudar a los demás”, afirma. Criado en Lomas de Zamora en el seno de una familia trabajadora, desde chico se acostumbró a ayudar en la casa y a asumir responsabilidades. Sin embargo, ser policía no era una vocación fácil de seguir, y su madre no estaba del todo de acuerdo. “Ella me decía que era una profesión peligrosa, que no quería verme en situaciones de riesgo”, relata con una sonrisa melancólica. Pero su deseo de marcar una diferencia era más fuerte que los temores que ella expresaba.
A los 22 años, mientras trabajaba en una sandwichería, Jonatan encontró en su jefe un inesperado respaldo. Este hombre, exoficial de la Policía Federal, rápidamente reconoció en él un potencial para el servicio y lo motivó a perseguir su vocación. “Me decía que no dudara, que tenía todo para ser policía. Siempre me alentaba y me ayudaba a organizarme para no abandonar el proceso”, recuerda Jonatan con gratitud. “Me decía ‘si esto es lo que querés, no lo dejes pasar… el momento es ahora’”.
En 2016 logró ingresar en la Policía de la Ciudad, y eso transformó su destino para siempre. “Pasé de preparar sandwiches a recorrer las calles como oficial. Fue un cambio enorme, pero sentía que finalmente estaba donde siempre soñé”.
La fuerza de la vocación
Los primeros años fueron intensos. “Me tocó empezar en el microcentro, luego en Saavedra y, después, con el tiempo, conseguí una permuta para acercarme a mi hogar. Pero los viajes eran largos, desde Ezeiza hasta Saavedra, casi dos horas de ida y dos de vuelta en colectivo. A veces estaba tan cansado que me quedaba dormido en el trayecto”, recuerda entre risas.
Ahora vive en Lomas de Zamora con su padre, tras haberse separado de su pareja hace dos años. “Compramos una casa en Ezeiza, pero la relación no funcionó. Fue un golpe duro, y volver a vivir con mi viejo fue una manera de reorganizar mi vida”, explica. Sin embargo, nunca pensó en abandonar su vocación. “Es un trabajo sacrificado, pero a mí me gusta. Siempre sentí que esto era lo mío”, asegura con firmeza.
Esa dedicación fue puesta a prueba la madrugada del 16 de julio, una noche que quedará grabada en su memoria para siempre. Al acercarse a la mujer que lloraba en el borde del puente, Jonatan supo que debía hablarle desde el corazón.
“No podía dejar que saltara. Tenía que hacerle entender que no estaba sola”, recuerda con emoción. Intentó calmarla, usando un tono suave y preguntándole qué la había llevado a tomar esa decisión desesperada. Entre sollozos, ella le explicó que había perdido a su padre hacía solo cuatro días y que el dolor la estaba consumiendo. “Sentí un nudo en el pecho cuando me lo dijo. Entendí perfectamente lo que estaba pasando por su cabeza”, relata.
Con una calma inesperada, Jonatan decidió abrirle su propio corazón. “Le conté sobre mi mamá, sobre lo que sentí cuando la perdí. Le dije que entendía su dolor, que sabía lo que era enfrentarse a esa tristeza, pero que siempre hay algo que nos impulsa a seguir adelante”, relata en una entrevista exclusiva con La Nación. Sus palabras, llenas de sinceridad y empatía, lograron conectar con la mujer. “Ella me miró y me dijo ‘no puedo más’. Y le respondí ‘podés, pero no sola. Yo estoy acá para ayudarte’”.
La conexión emocional fue inmediata. “Sentí que ella me escuchaba, que esas palabras le estaban llegando al corazón”, confiesa Jonatan, recordando ese momento crucial. Después de varios minutos de diálogo, transmitiéndole su apoyo y sus propias experiencias, la mujer aceptó su ayuda.
“Fue un alivio inmenso verla bajar del puente. Me abrazó y me dijo que no sabía cómo iba a hacer, pero que intentaría seguir adelante. Ese momento fue indescriptible”, confiesa Leiva, aún conmovido por la experiencia.
Noche exigente
Para Jonatan, el rescate no solo fue un acto de servicio, sino una oportunidad de sanar su propia herida.“Siento que ayudarla también me ayudó a mí. Fue como si algo dentro mío hubiese encontrado un poco de paz” .
Sin embargo, la noche no había terminado. Apenas unas horas después, otro llamado lo alertó sobre un nuevo incidente: un joven había robado una moto y huía a toda velocidad. Jonatan y su compañera iniciaron una persecución por las calles del barrio hasta lograr su detención.
“Esa noche fue una de las más exigentes que he vivido. Primero, salvar una vida, y luego, detener a alguien en plena fuga. Uno no se da cuenta del impacto de todo hasta que llega a casa y puede reflexionar”, dice, con una mezcla de cansancio y satisfacción.Cuando llegó a su casa en Lomas de Zamora, exhausto tras la intensa jornada, se sentó un momento a reflexionar sobre lo que había vivido. “Esa madrugada me cambió. Me recordó por qué elegí esta profesión y me mostró que, incluso en los momentos más oscuros, siempre podemos hacer algo para ayudar a los demás”, asevera.
Desde aquella noche, cada vez que se cruza con la mujer que rescató, ella le agradece con una sonrisa y unas palabras de gratitud que lo llenan de orgullo y lo conectan, una vez más, con el recuerdo de su madre. “Ella me dijo que siempre me cuidaría, y yo siento que sigue haciéndolo. Todo lo que hago es con ella en mente”, admite con un tono que mezcla orgullo y melancolía.
A lo largo de su carrera, Jonatan Leiva ha enfrentado numerosas situaciones de riesgo, pero ninguna lo marcó tanto como aquella madrugada en el puente. Aunque sus compañeros y vecinos lo llaman héroe, él evita ese título. “Yo solo hago mi trabajo. Entré a la policía para ayudar a la gente, y eso es lo que intento hacer todos los días”, asegura. Para él, su vocación es un compromiso profundo con los demás, una misión que trasciende los límites de su profesión y se convierte en una manera de honrar la memoria de su madre.
La experiencia del 16 de julio de 2024 dejó una huella imborrable en la vida de Jonatan Ezequiel Leiva, consolidando su compromiso con la vocación policial y manteniendo presente el recuerdo de su madre. “Esa noche me enseñó por qué estoy acá y que, aunque parezca imposible, siempre hay algo que se puede hacer por los demás”, reflexiona.
Con la voz ligeramente quebrada y los ojos que reflejan lágrimas contenidas, afirma: “Ella me enseñó a no dar la espalda cuando alguien necesita ayuda”. Aunque es consciente de los riesgos que conlleva su trabajo, encuentra en la memoria de su mamá el impulso para seguir adelante. “Sé que está conmigo, desde arriba, cuidándome siempre”, concluye con la mirada cargada de emoción.
Fuente: La Nación
