
La muerte de Jorge Antonio Esquivel, comandante mayor retirado de la Gendarmería Nacional y ex jefe del Escuadrón 48 Corrientes, volvió a poner sobre la mesa una realidad incómoda que atraviesa silenciosamente a las fuerzas de seguridad: el suicidio y los graves padecimientos de salud mental que afectan a quienes dedicaron gran parte de su vida al servicio.

Esquivel tenía 67 años y se había retirado de la institución en 2012 luego de una extensa carrera. El episodio ocurrió sobre la avenida Ferré de la capital correntina, donde dejó su bicicleta sobre el parterre central y terminó siendo arrollado por un camión. Las imágenes registradas por cámaras de seguridad y los primeros elementos reunidos por la investigación orientan la causa hacia la confirmación de un suicidio, aunque las actuaciones judiciales continúan en curso.
Una tragedia personal que interpela a las instituciones
La noticia generó conmoción en Corrientes y particularmente dentro de la familia gendarme. No se trataba de un hombre desconocido. Había ejercido funciones de conducción y formado parte de una generación de oficiales y suboficiales que dedicaron décadas a una profesión exigente, marcada por la disciplina, la movilidad permanente y la exposición constante a situaciones de estrés.
Sin embargo, más allá del caso puntual y del respeto que merece la intimidad de la familia, el hecho vuelve a abrir una discusión que las instituciones suelen abordar con extrema prudencia y que muchas veces permanece relegada: ¿Qué ocurre con la salud mental del personal activo y retirado?
El sufrimiento silencioso
Las fuerzas de seguridad están entrenadas para enfrentar la violencia externa, pero con frecuencia encuentran enormes dificultades para reconocer y tratar el sufrimiento interno.
La cultura organizacional tradicional suele valorar la fortaleza, la resistencia emocional y la capacidad de soportar situaciones extremas. En ese contexto, pedir ayuda muchas veces se vive como una señal de debilidad o como un riesgo para la carrera profesional.
El resultado puede ser devastador.
Problemas familiares, estrés crónico, enfermedades psiquiátricas, sentimientos de soledad tras el retiro y dificultades para reinsertarse en una vida sin uniforme forman parte de un escenario que rara vez aparece en las estadísticas oficiales, pero que está presente en innumerables historias personales.
El retiro no siempre significa tranquilidad
Existe una idea extendida según la cual el retiro marca el final de las tensiones y el comienzo de una etapa más serena.
No siempre es así.
Para muchos integrantes de las fuerzas, el uniforme no es solamente un trabajo. Es una identidad, una pertenencia y una forma de relacionarse con el mundo.
Cuando esa estructura desaparece, algunos encuentran nuevos proyectos y redes de contención. Otros, en cambio, atraviesan períodos de profunda vulnerabilidad emocional.
Por eso, los especialistas sostienen desde hace años que la atención de la salud mental no debe terminar con el retiro, sino acompañar a la persona durante toda su trayectoria vital.
Una alerta que no debería apagarse
La muerte de Jorge Antonio Esquivel es ante todo una tragedia humana.
Pero también constituye una señal de alerta.
Las instituciones armadas y de seguridad han avanzado en muchos aspectos vinculados al bienestar del personal, aunque todavía persisten barreras culturales y organizacionales que dificultan hablar abiertamente sobre depresión, angustia, estrés postraumático o suicidio.
Detrás de cada caso existe una historia única y circunstancias que solo la investigación y el entorno familiar pueden conocer plenamente.
Sin embargo, hay una enseñanza que se repite una y otra vez: cuidar a quienes cuidan no puede ser una consigna declamativa.
Debe transformarse en una política permanente, tanto para quienes están en actividad como para aquellos que, después de años de servicio, continúan necesitando acompañamiento, escucha y contención.
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