HARTAZGO: Del otro lado del escudo

HARTAZGO: Del otro lado del escudo

La carta anónima de un efectivo desnuda el hartazgo de la tropa: sueldos miserables y vergüenza de reprimir a sus vecinos.

Por Rubén Pombo (*)

Los que reprimen también tienen hambre

Una carta anónima de un efectivo de seguridad revela el quiebre interno y el miedo silenciado en las fuerzas. Mientras la ministra promete respaldo, los policías denuncian sueldos miserables, abandono institucional y la vergüenza de reprimir a sus vecinos.

Una carta que duele

“Estamos cansados, decepcionados y al límite.” Así termina una carta anónima escrita por un efectivo de las fuerzas de seguridad, que podría ser un gendarme, un prefecto o un policía. Fue difundida en el programa televisivo Argenzuela que conduce Jorge Rial tras la represión a manifestantes en la ciudad de Buenos Aires. Pero el contenido trasciende el caso puntual: retrata con crudeza la fractura interna de quienes hoy están obligados a reprimir por órdenes políticas, mientras ellos mismos no pueden pagar el alquiler ni alimentar a sus hijos.

Los datos duelen: un ingresante cobra 700.000 pesos, un suboficial con 20 años apenas supera el millón. Con alquileres que rondan entre 500.000 y 800.000 pesos, el salario no alcanza ni para vivir. “Debemos callarnos, aguantarnos o arriesgarnos a ser sancionados o dados de baja. Nuestra voz no se escucha porque el sistema nos impide alzarla.”

Represión con hambre: la paradoja de los pobres armados

El relato estremece. Muchos de los que reprimen crecieron en los mismos barrios que quienes protestan. Se conocen, se cruzan en pasillos, se saludan en el ascensor. “Nos duele que se nos envíe a reprimir manifestaciones de jubilados o trabajadores que reclaman por las mismas necesidades que nosotros”, dice la carta. La línea entre el que reprime y el reprimido es cada vez más delgada, casi invisible. Apenas un uniforme los separa.

El miedo a hablar, la traición desde arriba

La misiva denuncia que los altos mandos cobran entre 5 y 10 millones de pesos, mientras la tropa pone el cuerpo por migajas. Y lo más duro: “Sabemos que cuando suena el gong, hasta el banquito te sacan y te dejan solo”. La carta fue enviada con pedido expreso de anonimato. “Nos pidieron que no nombremos al autor por el cagazo que tienen”, explicó el periodista. El miedo a hablar es parte de la maquinaria de silencio que sostiene la obediencia.

¿Qué nos deja esta carta?

Algunos panelistas desestimaron el contenido por centrarse “solo en la guita”, cuestionando que no haya una reflexión ética más profunda. Pero otros interpretaron la carta como un síntoma del colapso institucional en curso. “Donde ustedes ven a un represor, yo veo una oportunidad. Hay un pequeño grupo que empieza a crujir por dentro.” El Estado los usa, los descarta y los calla. Pero incluso dentro del aparato represivo empieza a sonar el ruido del descontento.

¿Una grieta que se abre por dentro?

El video concluye con una imagen potente: en la pantalla, los que reprimen arriba, los que protestan abajo. “Hay una línea que los separa, pero es muy fina. Muy fina.” Y si esa línea empieza a borrarse, puede que el sistema que gobierna a palos empiece a tambalear.

(*) Periodista

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