
Hay formas de usar a las personas que no se notan a primera vista. No hacen falta látigos ni despidos, ni siquiera órdenes explícitas.
Por Alberto Rubén Martínez (*)
A veces alcanza con una noticia falsa. O con un rumor convenientemente instalado. O con una consigna que prende en redes sociales como fuego en pastizal seco.
Y cuando ese mecanismo se activa, los trabajadores —en este caso, los policías— pasan a ser materia prima emocional de una operación que los excede.
Sí, decimos «operación» con todas las letras. Porque muchas veces no hay otra forma de nombrar la manipulación emocional deliberada que se hace sobre sectores sociales específicos. Nos dicen que somos «héroes», «peligrosos», «desleales» o «privilegiados», según convenga al libreto del día. Nos interpelan no como personas, sino como objetos discursivos. Y eso tiene consecuencias.
Del pensamiento al reflejo
Hay algo peor que mentir: impedir que alguien piense. Y eso se logra generando una sobrecarga emocional permanente: miedo, bronca, orgullo, indignación. Todo, menos reflexión. La operación sobre el ánimo colectivo es tan eficaz que muchas veces, antes de que podamos pensar, ya reaccionamos. ¿Y qué logra eso? Que nunca elaboremos una posición clara ni defendamos una idea propia. Solo respondemos.
Mientras tanto, los que manipulan el clima de época —funcionarios, medios, consultoras, trolls o lobbies internacionales— hacen su trabajo: usar el conflicto emocional como excusa para avanzar sus intereses reales.
El caso de los policías
Pocas veces se ha usado con tanta crudeza a un sector como se usa hoy a los trabajadores policiales. Se los ataca y se los exalta, se los acusa y se los convoca. Se instalan Fake News para generar malestar, para dividir, para desorganizar. Y el resultado es funcional al poder de turno: un colectivo laboral fracturado, desmoralizado y sin capacidad de organización autónoma.
La doctrina de la sospecha permanente no solo se ejerce desde el Estado: también se reproduce mediáticamente. Y cuando eso ocurre, no hay margen para el debate, para la construcción colectiva ni para el pensamiento crítico. Solo hay ruido, ira o resignación. Y así, el campo queda abierto para decisiones arbitrarias, recortes de derechos o disciplinamiento indirecto.
Pensar no es delito
Desde Frecuencia Azul insistimos: pensar no es una traición. Tener conciencia de clase tampoco. Y desconfiar de las versiones «oficiales» no es delito. Por el contrario, es el primer paso para construir una voz propia.
Ya no alcanza con denunciar. Hay que decodificar. Hay que desenmascarar las operaciones afectivas que buscan colonizar la subjetividad del trabajador. Y hay que recuperar el terreno de lo simbólico, de la palabra, del argumento. Porque sin eso, lo único que queda es el eco del grito ajeno.
Hoy más que nunca, hace falta teoría. Y hace falta verdad.
Para no ser usados.
¡Quien quiera oir que oiga!
(*) Periodista. Licenciado en Seguridad Pública. Especialista en seguridad y derechos laborales de los trabajadores policiales y penitenciarios.
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