El estremecedor testimonio de Milagros Tapia, cesanteada por la Policía de Río Negro tras sobrevivir a un disparo policial y cuatro meses en coma. “Si yo me hubiera quebrado un dedo, bueno… Pero me pegaron un tiro”
Por Rubén Pombo
Milagros Tapia, empleada policial de la provincia de Río Negro, fue herida de bala por un arma institucional en un hecho aún investigado por la justicia. Estuvo cuatro meses en coma. Se recuperó lentamente, sin acompañamiento médico ni institucional. Fue cesanteada.
El disparo fue previo al 14 de agosto de 2023 (fecha en que despertó del coma). Desde octubre no cobra su salario y la fuerza policial alegó supuestas inasistencias injustificadas, sin contemplar su cuadro de salud físico y mental. No hubo asistencia ni seguimiento por parte de la institución policial.
“Estaba entre la vida y la muerte, y nadie de la Policía vino a verme.” Así comienza el relato de Milagros Tapia, una mujer policía que sobrevivió a un disparo en el estómago con un arma institucional, atravesó cuatro meses de coma, y hoy enfrenta una segunda herida, quizás más dolorosa: el abandono absoluto por parte de la institución que juró servir.
De la sala de terapia a la cesantía
Tapia no se queja por un maltrato menor. Denuncia algo profundo: la deshumanización institucional. No recibió contención ni seguimiento médico. Nadie fue a verla al hospital. Nadie preguntó si estaba viva. Y cuando logró salir adelante, física y emocionalmente devastada, la respuesta oficial fue una notificación de cesantía.
“Hoy estoy cesante. Me pegó un tiro un compañero, con un arma que no era mía. La justicia lo está investigando. Y mientras tanto, la Policía… me dio la espalda.”
Ella no pide privilegios. Pide humanidad. Pide justicia. Pide que la Policía de Río Negro —y por extensión, el Estado provincial— asuma su responsabilidad frente a una servidora pública que fue herida con un arma del Estado mientras cumplía funciones.
El Estado que abandona
El caso de Milagros no es aislado. Decenas de policías en todo el país denuncian situaciones similares: abandono frente a enfermedades, lesiones en acto de servicio, traumas psicológicos por enfrentamientos, y falta de contención tras episodios violentos. La respuesta institucional suele ser burocrática, fría y —en muchos casos— directamente punitiva.
En este caso, además, hay un agravante: la justicia aún investiga el hecho como un disparo producido por otro agente policial. Si esto se confirma, se trata no solo de una omisión médica o administrativa, sino de un incumplimiento legal flagrante del deber de protección a una víctima.
“Me daban notificaciones para que me presentara a trabajar cuando no podía ni caminar. No podía parar de llorar, estaba depresiva, sin tratamiento. Nadie vino a ver cómo estaba.”
¿Y el deber del Estado empleador?
Desde el punto de vista legal, la cesantía de Tapia es cuestionable:
-
El principio de buena fe en la relación laboral, aún en el marco policial, obliga al empleador a contemplar situaciones de salud y garantizar la rehabilitación.
-
Según la Ley de Riesgos del Trabajo y la Ley Nacional de Salud Mental, cualquier agente que sufra un evento traumático o una enfermedad derivada del trabajo tiene derecho a atención integral y recuperación.
-
El artículo 14 bis de la Constitución Nacional garantiza la protección contra el despido arbitrario y el derecho a condiciones dignas de trabajo.
“Hoy no cobro el sueldo desde octubre. Me estoy recuperando, sola. Sin psicólogo, sin plata, sin la Policía. Y con miedo.”
¿Dónde están los jefes?
“Yo les dije: ¿qué harían si fuera su hija la que recibió un tiro?”
El silencio de la conducción policial es atronador. Nadie de la institución fue a verla. Nadie del Ministerio de Seguridad tomó cartas en el asunto. ¿Dónde están las famosas “áreas de bienestar policial”? ¿Dónde están los discursos sobre derechos humanos y cuidado del personal?
La ausencia del Estado, cuando duele, duele más si viene de quienes juran cuidar a los que cuidan.
Voces que arden en redes: entre la empatía y el cinismo
La historia de Milagros Tapia desató un aluvión de comentarios en redes sociales. Algunos apelan a la necesidad de “escuchar las dos campanas”, como expresó Vero Arrarás, mientras que otros, como Miriam Sandoval, sostienen con crudeza: “Dejen de ver a la Policía como una gran familia. NO LO ES. Somos un número. Estudien los reglamentos, lean las directivas… si no, pasan estas cosas.”
Entre los más críticos al sistema institucional, se destacan testimonios como el de Patricia Godun, quien apuntó directamente al corazón del problema: “Nunca vamos a importarle a la Policía, ni como empleados ni como seres humanos, porque somos un número.” En la misma línea, Pelusa Curaqueo fue tajante: “Una vergüenza los jefes. Por lo que dice este personal policial, es para hacerles juicio.”
No faltaron voces que cuestionaron a la propia Tapia o relativizaron su caso, como Mar Polli y Nieves Ang, quienes pidieron conocer “la otra parte” y recordaron que el hecho aún está en investigación judicial. Incluso algunos, como Tamy Linco, deslizaron que “si no fue en acto de servicio, la Policía no tiene por qué hacerse cargo”, desconociendo el principio de corresponsabilidad del Estado empleador frente a cualquier situación que afecte al trabajador, más aún si involucra armas institucionales.
Pero también hubo quienes, como Carlos Héctor Beovidez, alentaron a la acción legal: “Abogado y recurso de amparo o juicio. La Policía es un cuerpo civil armado, sujeto a derechos y obligaciones como cualquier ciudadano. No te arrodilles ante nadie.”
Y una frase resonó con fuerza, como una síntesis brutal de toda esta discusión:
“La Policía es una foto para la prensa. Adentro, no ven cómo cagarte.” (Bea de Viedma)
No es una excepción. Es un síntoma
La historia de Milagros Tapia no es un caso aislado. Es el retrato descarnado de una realidad que muchos quieren ocultar: la precariedad del trabajador policial. La desprotección. El silencio. La soledad.
Y lo más grave: el riesgo de que quien denuncia, quien sobrevive, quien se anima a hablar… sea castigado.
“Hoy me recuperé… pero no gracias a la Policía. Me dolió más lo que me hicieron después que el tiro que recibí.”
Fuente: Consejo de Bienestar Policial y Penitenciario R.N
Publicado en Frecuencia Azul Web radio
FA24
